OBJETIVO DEL M.F.C.
Ø Promover los valores humanos y cristianos de la familia en la comunidad, para que la familia sea formadora de personas, educadora en la fe y, por tanto, comprometida activamente en el desarrollo integral de la comunidad, a través de sus miembros.
OBJETIVO DEL M.F.C.
Sin duda todos nosotros ya conocemos el objetivo del MFC. Sin embargo, como el quehacer del coordinador siempre debe orientarse a conseguir el objetivo que todo el Movimiento busca, es necesario profundizar en su conocimiento, desglosar su significado, meditar en su propósito, que es expresión de nuestra esencia como movimiento de apostolado laico.
Si alguien nos preguntará ¿qué hace ese Movimiento al que ustedes pertenecen? La respuesta lógica sería explicarle nuestro objetivo.
- El objetivo del MFC, tal como está expresado en su Base Constitutiva es:
Promover los valores humanos y cristianos de la familia en la comunidad, para que la familia sea formadora de personas, educadora en la fe, y por tanto comprometida activamente en el desarrollo integral de la comunidad a través de sus miembros.
Para propósitos de esta capacitación, buscando más claridad en la comprensión de nuestro objetivo, lo expresaremos en la siguiente forma, que conserva integro el significado y al mismo tiempo nos facilita asimilarlo de una manera más concreta y encarnada:
- Comencemos por preguntarnos ¿Qué significa promover?
La respuesta es importante, puesto que nosotros estamos aquí como promotores y nuestro objetivo nos indica que lo que hace el Movimiento es promover. Este es el verbo del MFC.
La palabra promover viene del latín (pro, adelante y movere, mover). Evidentemente significa lograr el avance de alguien, hacer progresar, adelantar, alcanzar un grado superior o más elevado.
Promover, entonces, significa (y especialmente en la labor del MFC) esforzarnos por lograr una avance, una elevación, una maduración.
- Y ¿en que vamos a lograr esto?
En los valores humano-cristiano familiares. Esto es, vamos a ayudar a que cada persona, pareja y familia descubran lo que en su vida personal, en su matrimonio y en su hogar es valioso, los humaniza y los convierte en mejores personas, en discípulos más fieles del Señor Jesús.
Nuestra primera labor consistirá en ayudar a cada uno a descubrir lo que para él es valioso. Muchas veces estamos tan acostumbrados a las bendiciones que el Señor nos ha otorgado, que las damos por sentadas y no nos detenemos a apreciarlas, agradecerlas y mucho menos merecerlas. Un ejemplo. Es natural que los esposos se quieran. El amor –supremo valor del hogar – llega a ser algo olvidado de puro sabido. Si no nos detenemos a pensar qué sería, de nosotros sin el amor, si no buscamos cómo agradecerlo, aumentarlo y corresponderlo, podrá llegar el momento en que ese amor disminuya o cese. Y así sucede con los demás valores de la familia.
Pensemos en nuestra propia experiencia. Desde que estamos en el MFC ¿cuántos valores maravillosos hemos descubierto, apreciado y amado? ¿Cuánto hemos crecido gracias a esta constante reflexión, a este continuo esfuerzo por vivir los valores que son el cimiento de nuestra vocación de esposos y padres?
Pensemos hasta qué punto ha cambiado nuestra vida personal, nuestra relación conyugal y la vida del hogar, gracias a que nos hemos decidido a ponernos en movimiento y madurar a partir de la experiencia de los valores de nuestra familia.
Estamos aquí como promotores para capacitarnos de manera que podamos ayudar a otros a lograr el objetivo del MFC. Esto significa, antes que nada, que nosotros mismos tenemos que estar en movimiento, promovernos, vivir cada vez mas los valores que descubrimos, apreciamos y amamos. De poco serviría un promotor que pretendiera ayudar a que otros avancen mientras que él mismo se queda atrás, sin superarse, sin vivir más profundamente los valores que exalta y propone. San Pablo tuvo esta misma experiencia que nos explica así.
¿No saben que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, pero uno solo se lleva el premio? Corran así para ganar. Además, cada atleta se impone en todo una disciplina; ellos para ganar una corona que se marchita, nosotros una que no se marchita. Pues yo corro de esa manera, no sin rumbo fijo, peleo de esa manera, no dando golpes al aire; nada de eso, mis golpes van a mi cuerpo y lo obligo a que me sirva, no sea que después de predicar a otros me descalifiquen.
1 Corintios 9, 24-27
Una vez más recordemos nuestra propia experiencia: ¿qué nos decidió a entrar al MFC? ¿No fue el ejemplo de quienes nos invitaron a él; no fue el testimonio de una pareja amiga, de un grupo de hermanos, que viven de una manera diferente y atractiva, lo que hizo que deseáramos ser así? Ellos viven en “movimiento”, ellos se promueven. Y eso fue lo que nos llamó la atención y nos decidió a ponernos también nosotros en movimiento.
El promotor del MFC es ante todo una persona –y una pareja—en proceso constante y consciente de conversión, de superación, de maduración personal, conyugal familiar, y comunitaria. Es una pareja que avanza, que crece, que sabe que el crecimiento humano-cristiano no tiene más límite que nuestra propia miseria e indiferencia. El promotor no es un maestro que da la lección o toma la tarea; él mismo es una lección viva, un mensaje encarnado. Con sus acciones dice, como San Pablo: creo, por eso hablo. Oigamos lo que nos dice la palabra de Dios cuando San Pablo nos habla de la vida de todo apóstol.
No: nos predicamos a nosotros, predicamos que Jesús es el Mesías, es el Señor y nosotros siervos de ustedes por Jesús; pues el Dios que dijo “Brille la luz del seno de las tinieblas”, la ha encendido en nuestros corazones…
Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no viene de nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos remata; pasamos continuamente en nuestro cuerpo el suplicio de Jesús, para que también la vida de Jesús sea transparente en nuestra carne moral.
Un promotor del MFC es una persona y una pareja que quiere tener y desarrollar las actitudes que la identifican como discípulo de Cristo.
Esto es indispensable; es el motor que hará posible promover el avance de otros. Las otras cualidades –organización, saber, etc.- Son necesarias siempre, pero de poco o nada servirán si no tiene como fundamento la actitud de discípulo de Cristo.
Porque, amigos, vamos a promover aquello en lo que creemos con todo nuestro ser, con nuestro corazón inteligencia y voluntad. Vamos a llevar a los demás la buena noticia del amor de Dios a cada uno de nosotros, a cada pareja, a cada hogar. Y mal podríamos creer en el amor de Dios si no dejamos que nos vaya transformando –convirtiendo- diariamente, haciéndonos un poco mejores a pesar de nuestras miserias, volviéndonos mas transparentes a pesar de nuestras limitaciones. El que la vida de Jesús se transparente en nosotros es puro regalo, puro amor de Dios. No es algo que debamos presumir, pues no lo hemos hecho nosotros. Nuestro mérito –si es que tenemos alguno- es habernos dejado trabajar por Dios, habernos hecho dóciles a su inspiración. Y aun eso es obra del Espíritu Santo en nosotros.
Ahora ya sabemos que “promover valores” en el MFC significa ante todo vivirlos cada vez más nosotros mismos, y ayudar a que otros también lo hagan, sirviéndolos con nuestro testimonio y con los medios e instrumentos del movimiento.
4. Y ¿por que nos habla el objetivo de valores humano-cristianos familiares?
Porque el carisma del Movimiento, su lugar dentro del plan de salvación de Dios, es el trabajo en, por y con las familias. A nosotros, al MFC, nos ha encomendado el Señor descubrir y recorrer el camino de santificaci6n a partir de la experiencia plenamente humano-cristiana de las realidades del matrimonio y la vida familiar.
EI Concilio Vaticano II nos dice que todos 1os fieles, de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con que es perfecto el mismo Padre de la providencia de Dios, que lo ha puesto entre nosotros para que, apoyados en nuestros hermanos que comparten nuestra misma vocación, vayamos por el camino de la vida conyugal y familiar, peregrinando hacia el Padre y esforzándonos humilde y perseverantemente en imitar su santidad perfecta.
Nuestro Objetivo nos hace ver que no podemos hacer separaciones entre lo que es cristiano en nuestra vida y lo que es solamente humano. Nuestra fe impregna toda nuestra persona y nuestra vida, corazón e inteligencia. No podemos hacer separaciones artificiales para decir: esto es sólo humano, esto es también cristiano.
Recordemos: estamos hablando de valores y de personas que; como los miembros del MFC, buscamos vivir más a fondo nuestra fe cristiana. No pretendemos que quien no tiene fe en Cristo carezca de valores; tampoco afirmarnos que todo lo creado y lo que el hombre y la sociedad hacen tenga que estar vinculado a la religión. Esto lo ex plica muy claramente el Concilio Vaticano II.
Lo que decimos aquí es que nuestra fe no es como un sombrero que podemos ponernos o quitarnos a voluntad. EI cristiano tiene la fe en lo profundo de su ser, en la medula de sus huesos, en el centro de su voluntad y de su amor. Todo lo que lo hace crecer como persona lo hace también ser mejor discípulo de Cristo. Un ejemplo: para el cristiano ser padre o madre no es solamente dar la vida a un nuevo ser, sino imitar a Dios, Padre de todos, que nos engendró para la vida eterna. EI valor de la paternidad, como el del amor, del dialogo, del servicio, etc., tienen símultáneamente un pleno sentido humano y una dimensión cristiana profunda.
Hasta aquí llega la acci6n directa del MFC. Siendo tan profunda y con tantas consecuencias, puede expresarse muy simplemente en solo una línea: Promover los valores humano-cristianos de las familias. Este es el qué del Movimiento. La segunda parte de su objetivo es el para que, y en ella la acción del MFC es indirecta. Esto es, no la realiza el Movimiento sino las propias familias. Ellas son las que, en su hogar y en su comunidad, dan los frutos de la labor del MFC. A ellas les corresponde, pues es su misión: ser formadoras de personas y educadoras en la fe, y que por tanto sus miembros se comprometan en el desarrollo de su comunidad.
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